Al despertar,
Dani está energético y contento. Prepara el desayuno, arregla la habitación, se
ducha… todo con una gran sonrisa y una vitalidad que ya conozco en él. Siempre
que se comporta así es porque ha pasado algo, algo bueno, algo que le alegra.
-Vamos, abuela,
que eres muy lenta – dice empujándome para que vaya a ducharme.
-Ai Dani, hijo,
yo hasta después de comer no tengo que ir a trabajar, déjame – me quejo.
-Pero bueno, ¿es
que piensas quedarte toda la mañana encerrada en casa?
-Hombre, por
supuesto – ríe – Tengo una semana ajetreada y ya que tengo una mañana para mí…
-Has tenido un
fin de semana entero para ti – replica – En tu pueblo, tranquila, en el sofá,
con la perra…
-Y con el perro –
digo cortándole. Suelta una carcajada y me besa agarrándome la cara.
-Exacto – sonríe
pícaro de oreja a oreja – Venga, va, vamos a pasear por Madrid.
-¿Pero eres
tonto? – digo apartándome de él, a lo que él responde con una mala cara – Dani,
no podemos pasear juntos, ya sabes lo que pasa. Y no queremos que pase. –
resopla y me suelta, dando un paso hacia atrás.
-¿Y por qué no
queremos que pase? Ya llevamos un tiempo juntos, somos felices así. ¿Por qué
esconderlo?
-¿Y por qué no? –
replico rápida, cruzándome de brazos.
-Vale – vuelve a
resoplar, girándose y cogiendo su chaqueta – pues ya nos veremos luego.
-Pero, ¿dónde
vas? – digo preocupada siguiéndole hacia la puerta.
-A pasear –
contesta antes de salir y pegar un portazo.
Me
quedo ahí plantada oyendo como baja por las escaleras y se va sin darme ninguna
explicación. No entiendo lo que acaba de pasar. No es la primera vez que
hablamos de esto, de esconderlo, de que nos dejen tranquilos… ¿Por qué vuelve a
insistir? Agacho la cabeza entristecida y me dirijo a la habitación para
cambiarme de ropa e ir a comprar algo para comer, ya que la nevera no está muy
llena. Al llegar, veo un cajón de Dani abierto, raro en él, que es el señor del
orden y la perfección. Me asomo para ver qué hay y veo una gorra, unas gafas de
sol y una bufanda. Me siento en la cama con la bufanda en la mano, me suena
muchísimo… Y entonces lo recuerdo.
-Hola, encantado,
soy Dani Martínez – dijo Dani tendiéndome la mano.
-¿Eres tonto? –
contesté lo más borde posible.
-¿Anna? – dijo
absolutamente alucinado.
-No, Isabel
Pantoja – solté, esquivándole y dirigiéndome a mi camerino.
-Pero bueno – empezó
a reír como un desesperado – ¿dónde vas así? ¡Flo, Flo! – empezó a gritar hacia
la puerta de Flo – Mira, ven, ¡corre! – me giré para echarle una mirada
enfurecida y entré en mi camerino, ignorándole.
-¿Qué pasa? –
dijo Flo al salir.
-Ven corre –
escuché como venían hacia mi camerino, así que abrí la puerta para esperarlos
con los brazos cruzados – mira, ¡mira! – rompieron a reír los dos y yo agaché
la cabeza, enfurecida, esperando a que acabaran.
-¿Ya? – dije
irónica.
-Pero bueno,
Annita, ¿qué haces así? – preguntó Flo.
-Tengo frío,
estoy resfriada y pretendo prevenir una gripe – dije contundentemente borde. Dani
no paraba de reír.
-Ah bueno, así me
gusta, que mires por tu trabajo. Dani, no te rías, que es más profesional que
tú. – le dio un golpe en el brazo, él se tapó la boca y afirmó con la cabeza.
-Bueno, Simon,
ahora te traigo una mantita, ¿eh? No vaya a ser que te resfríes más, que igual
esa bufanda no te tapa lo suficiente – volvió a reír a carcajada limpia y Flo
no pudo aguantarse más.
-Vete a la
mierda.
Cerré la puerta de golpe y no volví a dirigirle la
palabra en todo el día, excepto cuando el guion me lo exigía... Estaba realmente
dolida. Pero ahora la cuestión no es esa… La cuestión es… ¿Qué hace él con mi
bufanda? Cómo puede ser que la tenga si no me la puse nunca más, encima por su
culpa… ¿Y si…? Sí, debe ser eso. Sonrío, me ducho y me visto con un chándal,
las gafas, la gorra y mi bufanda y me voy en busca de Dani.
Me cuesta llegar
al parque puesto a que la última vez que estuve aquí todavía no sé cómo lo
hice, pero recordaba calles y tiendas y al final lo he conseguido. Empiezo a
buscar entre la gente: hay quien corre, quien pasea al perro, abuelos que dan
una vuelta… Pero poca gente. Normal, siendo un lunes a las 11 de la mañana. Voy
adentrándome por este lugar tan precioso como solitario y llego al banco donde
me lo encontré… Y ahí está. Sentado mirando el bonito y gran paisaje de Madrid
a nuestros pies.
-Porque tú ahora
mismo sacarías lana y te pondrías a tejer – sonríe – Eso nos diferencia. Yo
contemplo lo que veo.
-Yo también lo
contemplo, tejiendo no podría – ríe tímido y me mira. Ladeo la cabeza y le
sonrío, aunque no pueda verme por la grande bufanda que llevo.
-¿Has rebuscado
entre mis cosas? – dice divertido.
-No creo que te
hayas dejado el cajón abierto a posta… – digo girándome otra vez – ¿De dónde lo
has sacado?
-De tu casa, lo
encontré el sábado y no pude evitar requisártelo – dice intentando reprimir una
risa.
-Ríete… Pero creo
que esto es una
-Solución – dice
cortándome y mirándome de nuevo, haciendo que ladee la cabeza para perderme en
sus ojos ilusionados.
-Exacto… – sonrío
tímida – ¿No era mejor explicármelo a parte de montarme el numerito?
-Quería contártelo…
– agacha la cabeza – pero la situación ha podido conmigo…
-Dani… – susurro acariciándole
la cara.
-No, estoy bien –sonríe
– Si tengo que salir a pasear agarrado de la mano de Isabel Pantoja lo haré.
-No están las
cosas ahora como para que me compares con ella – reímos.
-Bueno, yo
también me taparé para que no me reconozcan. ¿Qué te parece?
-Que este parque
es estupendo para venir a pasar ratitos libres que tengamos – sonrío.
-Lo sé – sonríe
conmigo y me baja la bufanda para verme los labios. Dirige su mirada hacia mis
ojos y los vuelve a bajar. Con todo el tiempo que llevamos juntos y no me
acostumbro a esto, a sus ojos cerca de mí, a su sonrisa pícara y deseosa, a sus
dedos acariciando mi cara… Me pongo roja y se da cuenta, volviéndome a
acariciar la mejilla – Te quiero tanto… – susurra. Me quedo callada, cortada, y
esta vez soy yo quien le acaricia a él la barba de dos días que lleva. Se acerca
lentamente a mí y funde nuestros labios en un largo y sentido beso. Al separarse
suspiro, feliz.
-Me has asustado
antes… – susurro a pocos centímetros de él.
-¿Por el portazo?
– ríe – Ya te lo dije, no pienso volver a perderte, Anna. – y vuelve a besarme.
Le rodeo el cuello con los brazos y le acaricio el pelo, saboreando sus labios.
Él me abraza fuerte por la espalda, evitando que me escape, sonriendo y besándome
sin parar. Al separarnos, nos quedamos callados mirándonos fijamente,
sonriendo. – ¿Vamos a pasear? – afirmo con la cabeza y me levanto, cogiéndole de
la mano, entrelazando nuestros dedos y empezando a caminar por los caminitos
del parque. – Me hace tan feliz esto, Anna – dice apretándome la mano.
-Y a mí, de
verdad – sonrío mirándole – A veces siento que nuestra relación no va a ningún sitio,
siempre escondidos, siempre corriendo de un lado a otro… Al menos así…
-Sí… – contesta
como si leyera mis pensamientos – Aunque sea a escondidas igual, aunque
parezcamos unos fugitivos escondidos detrás de las bufandas y las gorras… Estar
así me reconforta.
-¿Qué pasará
en verano? – digo parándome y mirándole preocupada, aunque divertida.
-Pues que
pasaremos mucho calor con todo este ropaje – rompe a reír y me lleva de la
cintura hacia a él para besarme de nuevo, abrazados, sin que nos importe nada
ni nadie.
Estamos un par de
horitas ahí, paseando, hablando, riendo… Pero él había quedado con Flo para
comer, así que nuestra felicidad se disuelve para volver al trabajo. Yo voy a
casa a comer y a prepararme para ir a El Hormiguero y vuelve mi preocupación.
¿Qué querrá Flo? ¿Por qué quiere verme a solas para cenar? Los nervios van aumentando
a medida que pasan las horas y no logro concentrarme en mi sección, en los
ensayos, y Pablo me lo echa en cara. Él no sabe nada de lo de Dani, así que me
excuso diciendo que no me encuentro muy bien… Pero bueno, durante la grabación estoy
como siempre, suelta y divertida, así que no me vuelve a reñir y me felicita
por haberlo hecho “lo mejor posible”. Al acabar, voy rápido al camerino, me
cambio y salgo corriendo para ver a Flo… Que ahí está, dentro de su coche,
esperando a que salga. Al verle, voy corriendo hacia él, que sale del coche y
me espera con los brazos abiertos, sabiendo que iba a tirarme a su cuello para
abrazarle.
-¡Flo! – grito
entre sus brazos.
-¡Annita! – dice
imitando mi tono. Bueno, por lo menos sé que está contento.
-Que ganas tenía
de verte – digo después de darle dos besos.
-Y yo a ti, hace
demasiado que no nos vemos.
-Lo sé, lo
siento.
-No pasa nada,
tonta, sé que es por trabajo. Estoy muy orgulloso de ti. – y me besa nuevamente
en la mejilla. Sonrío y me pongo roja, siempre me trata tan bien, tan cariñoso,
tan fraternal. – venga, vamos a cenar, que tenemos muchas cosas de qué hablar.
-¿Me tengo que
preocupar? – digo ya preocupada. Su carcajada me hace entender que no, así que
me relajo y subo al coche. Enciende el motor, pone un CD y arranca. El silencio
se apodera del coche y los nervios invaden mi barriga. ¿Qué querrá decirme?