Me quedo inmóvil,
mirándole a los ojos, sin poder ni siquiera moverme hacia él. Dani se da cuenta
y da dos pasos tímidos hacia mí, mientras que Raúl me empuja por la espalda y
me acerca un poco más a él, retirándose y dejándonos solos en el comedor, un
comedor que nos trae demasiados buenos recuerdos… Todas las tonterías, los
gags, las bromas, el tonteo, y demás surgía aquí, mientras todos comíamos. Era el
mejor momento del día, cuando más unidos estábamos, cuando mejor nos lo
pasábamos.
Dani se queda
mirando el lugar, no sé si por los nervios y la vergüenza o porque en este
momento está pensando lo mismo que yo. Un poco inquieta, dirijo la mirada hacia
donde la tiene puesta él y me encuentro con el sofá que está más cerca de la
pared. Sonrío, recordando, y le miro de reojo, viendo como sonríe el también.
-¿Te acuerdas,
Simon? – pronuncia de repente, un tanto floquito. Me pongo roja y afirmo con la
cabeza. – Fui un completo estúpido – vuelve a murmurar, agachando la cabeza. Me
giro y lo miro vergonzosa, sin saber qué contestar. Vuelve a levantar la mirada
y me mira fijamente a los ojos. – ¿Cómo hemos dejado que pase esto? – me
sorprendo de sus palabras, sin saber a qué se refiere. – ¿Cómo hemos pasado de
estar estirados en ese sofá, jugando – me sonrojo otra vez con una sonrisita
leve – a no hablarnos durante meses, evitándonos y huyéndonos? – me vuelvo a
poner seria.
-¿Evitándonos? –
respondo contundente. – Te llamé mil veces, Daniel. – no cambia su posición,
incluso saca una sonrisa irónica y agacha la cabeza, para no mirarme a los ojos
– Te llamé, te llamé y me colgaste. – niega con la cabeza, mirando al suelo, sonriendo,
negando mis palabras – ¿¡Pero cómo te atreves a decirme que no!? – vuelve a
dirigir su mirada en mí, pero no desaparece de él su prepotencia. Doy un paso
más hacia él, cortando más la distancia. – Mírame a los ojos y dime que no te estuve
llamando una semana. Dímelo. – Se pone serio de golpe, dirige su mirada hacia
mis labios y vuelve a subirla a mis ojos. Estoy seria, enfadada, y mis ojos así
lo reflejan. Se da cuenta y vuelve a sonreír, dando un pequeño paso hacia mí,
eliminando la distancia.
-¿Me llamaste,
Annita? – dice provocador. Yo no echo atrás, me está doliendo mucho que haga
esto, yo estoy dejando mi orgullo atrás y él sigue anteponiéndolo.
-Niégamelo. –
digo subiendo la cabeza y rozando mi nariz con la suya.
Noto como me
recorre un escalofrío al verle sonreír tan cerca de mí y mirándome de esta
manera tan sensual como lo hace, pero no pienso dar ningún paso atrás. Se queda
mirándome los ojos, dirige la mirada hacia mis labios y vuelve a subirla, un
tanto más pícaro. Entonces noto como me va cogiendo suavemente de la cintura y
me aprieta un poco más hacia él, notando su barriga chocar contra la mía. Me quedo
quieta, no me esperaba eso, y me da otro escalofrío que él nota y le hace reír
divertido. Con la otra mano, empieza a acariciarme el brazo y empieza a subirlo
lentamente hacia mi cuello, enredando sus dedos entre mi pelo y acariciándome la
nuca, sin dejar de mirarme los ojos y los labios. Lentamente va cerrando los
ojos, sin eliminar su sonrisa de la cara, y empieza a rozarme con su nariz la
mía y, cuando noto su barba de dos días empezar a rozar mis labios, lo empujo
fuertemente, apartándolo de mí de golpe. Da dos pasos hacia atrás del empujón,
me mira enfadado, con ira, pero a la vez sin entender nada. Yo sonrío
victoriosa de haberle hecho enfadar, y antes de que él pueda gritarme cualquier
cosa que esté ahora pensando, la puerta se abre de par a par y aparece Flo, tan
sonriente como siempre con un guión en la mano.
-Bueno que,
¿vamos a hacer programa hoy o no?
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